FICCIÓN E IMAGEN

                La caída del muro de Berlín o la liberación de Nelson Mandela constituían los acontecimientos más importantes, aunque previsibles, que a uno le habían tocado vivir, pero lo acaecido el 11 de septiembre en Estados Unidos superan muy por lo alto todas las expectativas que se pudieran albergar al respecto.
                Al margen de la evidente condena a los inexcusables atentados y pasadas las horas de estupor frente al televisor, emergen algunas reflexiones sobre el papel jugado por los medios de comunicación, en especial prensa y televisión y las imágenes que hemos visto.
                La retransmisión en directo y para todo el mundo de los sucesos otorga una dimensión más inusitada si cabe de los hechos. La televisión ha demostrado una vez más su supremacía como medio capaz y eficaz de difundir la realidad. Mientras las líneas telefónicas e informáticas permanecían colapsadas e inútiles, los rayos catódicos retransmitían a todo el universo. Sin duda alguna el medio televisivo ha marcado un hito con la cobertura dada a los espeluznantes ataques. Un despliegue informativo sin precedentes en la historia del medio ofreciéndonos en tiempo real la sucesión de los hechos.
                La preeminencia de la imagen a la hora de transferir información ha quedado más que demostrada. Los fabulosos especiales editados por todos los diarios incluyen un enorme y fantástico despliegue fotográfico superando en mancha ampliamente al texto (entre ellos destaco los realizados por este diario).
                Frente a la obstinación de algunos literatos en proclamar la supremacía de la palabra sobre cualquier tipo de manifestación y en especial sobre la imagen, ha quedado suficientemente demostrado que la mejor forma de explicar el ataque con aviones suicidas a las Torres Gemelas es a través de la pantalla del televisor, y la manera o modo más certero y preciso de conocer el nuevo sky-line de la bahía de Manhattan sin el Trade World Center , aunque Antonio Muñoz Molina se empeñe en describirlo desde la contraportada de EL PAÍS, no es un artículo literario, sino una buena fotografía.
                Hay que reconocer que el resultado iconográfico del atentado ha sido de lo más eficaz, despojar a ciudad de New York, a los Estados Unidos y en definitiva a la civilización occidental de uno de sus más grandes símbolos.
                No deja de ser significativo cómo infinidad de películas, libros, guías, pósters, videocips, etc., en los que aparecen las las torres de la Gran Manzana se nos revelan como imágenes antiguas, inexactas o reliquias, abarcando con estos calificativos a las diferentes producciones aún no estrenadas e incluso inacabadas en las que tuvieran alguna presencia los famosos rascacielos neoyorquinos.
                El componente de irrealidad y ficción contenido en las imágenes que nos llegaban in situ por la televisión, radicaba en su reiteración. La gran pantalla hollywoodiense ha tenido en la destrucción de sus símbolos por agentes del mal, ya fueran éstos terrestres o extraterrestres, un recurrente y eficaz gancho para la realización de todo tipo de producciones cinematográficas. Una ficción explotada y exprimida desde la suficiencia que produce el creer que jamás podría pasar de ser otra cosa que ficción.
                La certeza que nos hace constatar que asistimos a un hecho real (no ficción), la obtenemos en el instante en que los acontecimientos van más allá de la ficción. Cuando no aparece en escena ni Superman, ni Bruce Willis, ni Harrison Ford.
                La ficción es superada por la realidad en el último segundo, cuando no encontramos ni existe el héroe que evite la catástrofe. Ahí, justamente ahí, es donde comienza lo real, donde lo que sigue a la continuación no lo conocemos, no lo hemos visto en ninguna película, en el que el maravilloso sueño americano se convierte en la peor de las pesadillas.

                                                                                                                          Antonio Jesús García

(Publicado en el diario La Voz de Almería el 17 de septiembre de 2001)

 

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